“Te digo lo que es la libertad para mí: es no tener miedo” Breve recorrido en la historia de la mujer.

La batalla de las mujeres por conquistar las libertades civiles y la dignidad como personas ha sido un proceso difícil. En el mundo occidental la subordinación a la autoridad masculina se agudizó tras la conversión de Roma al cristianismo, ocurrida en el siglo IV, puesto que en la Roma pagana las mujeres tuvieron ciertos derechos y atribuciones que comenzaron a perder rápidamente con la llegada del cristianismo.

En efecto, la tradición judeocristiana era profundamente misógina y se asentaba en una interpretación sin matices de las Escrituras. Los primeros siglos del cristianismo resultaron tan severos con el género femenino, que hasta se discutió si las mujeres tenían realmente alma, o si eran criaturas endemoniadas puestas en el mundo para la perdición de los hombres, debate que se zanjó en el siglo V durante un apasionado concilio de obispos en el que, finalmente, se aceptó la idea de que las mujeres también estaban dotadas de espíritu. En todo caso, durante siglos las mujeres no pudieron educarse, ni pertenecer a la alta estructura jerárquica de la Iglesia. Tampoco, llegada la Edad Media, fueron admitidas en los gremios, en los que hubieran podido adquirir ciertas destrezas profesionales o artesanales. De manera que, incultas y sin oficio ni beneficio, quedaban condenadas a realizar tareas domésticas, sometidas a una absoluta dependencia del hombre, incluso en el terreno jurídico, dado que ni siquiera podían contratar o acceder a la propiedad sin el consentimiento del padre o del marido.

Esa situación no cambió sustancialmente con el paso del tiempo, y hasta hubo periodos en los que pareció agravarse, como sucediera en los siglos XV, XVI y XVII, cuando se desató una cruel persecución de personas acusadas de brujería, en su mayoría mujeres, con frecuencia, fueron víctimas de una combinación de miedo, histeria y superstición que, a los ojos de las fanatizadas autoridades religiosas y de la Inquisición, parecía demostrar que estaban poseídas por el diablo. Muchas mujeres terminaron en la hoguera o en la horca como consecuencia de la represión religiosa.

Si bien ha habido cambios en la situación de la mujer, se descubre que, aún teniendo una libertad autónoma, se le impone un destino, se le ordena como deben ser las cosas.

A las mujeres no se nos ha educado suficientemente para la libertad, para hacer lo que queremos, para conocernos y decidir nuestro propio camino, por el contrario, hay desde el principio un conflicto entre nuestra existencia autónoma y nuestro “ser-otro”, nos han enseñado que para agradar hay que hacernos objeto, estar siempre dispuestas y en función de los otros, por lo cual tenemos que renunciar a nuestra autonomía. Para acceder a la libertad, pienso que podemos enfocar esta vivencia preguntándonos cada una cómo queremos ser, cómo nos gustaría vivir. La filosofía existencialista nos enseña el sentido propio de la vida que consiste en defender o más bien en actuar en la forma que nos realiza plenamente como seres humanos que es construir nuestros caminos de libertad.

Pienso en todas esas veces que hemos sido cuestionadas, respecto a nuestras decisiones, si elegimos ser solteras, o no querer ser madres, o si elegimos ser madres por no querer tener más hijos, por seguir nuestros sueños e ideales, o elegir vivir libremente nuestra sexualidad.

Las mujeres, no somos una esencia fija, sino “existencia”, es decir “proyecto”, “trascendencia”, “autonomía”, “libertad”. Por lo tanto, no debemos dejar a los demás la posibilidad de proyectar su vida, de dominarnos y oprimirnos.

La libertad consiste en hacer trascender nuestras acciones en la unidad de nuestra vida personal. Toda elección es un camino por seguir y bien sabemos que el camino no es otra cosa sino la persistencia de nuestras huellas. Todo camino, pues, es la expresión de la fidelidad a nosotras mismas. Ser libre equivale a ser nosotras mismas, conectarnos con nuestras emociones, con nuestros miedos, anhelos, con nuestro lado más brillante y más oscuro.

La libertad nace y renace de nuestra propia capacidad de cambiar y transformarnos. Nace de nuestra capacidad de darnos un origen propio. Tenemos que amar nuestra libertad a diario, en un orden simbólico a través de distintos lenguajes: la palabra, la denuncia, la reivindicación, la ampliación de nuestra conciencia, la crítica y la autocrítica, la conciencia de los límites impuestos y autoimpuestos.

Por lo tanto, ser libre consiste en permitirnos brillar con todo nuestro esplendor a pesar del miedo a que otras personas no estén cómodas. A pesar de encontrarnos solas andando parte del camino, es expresar la voz que llevamos dentro desde el respeto a los demás y a pesar de las voces que no están de acuerdo.

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