Rescatar el protagonismo de la mujer en la historia es un ejercicio de empoderamiento

“No hace falta ser anti-hombre para ser pro-mujer”

Jane Galvin Lewis, activista

La historia está repleta de mujeres fuertes, inteligentes y aguerridas que tiran por la borda el concepto de ser “el sexo débil”. Y no hablo solo de aquellas que nos presentan como “la primera mujer que…” sino de la forma en la que el sistema patriarcal ignora las aportaciones de las mujeres a la sociedad y el mundo.

Olga Soffer (J. M. Adovasio, 2008) pone sobre la mesa las deficiencias del sesgo androcéntrico, replantea la idea de que la mujer ha tenido un rol secundario que se limitaba a ser solo un acompañante del hombre, cuando la realidad es que no se puede hablar de un avance, incluso en las sociedades prehistóricas, sin la participación activa de las mujeres.

Los aportes antropológicos se enfocan solamente en la cualidad del hombre de ser cazador, proveedor para su tribu pero minimizan la importancia de los cuidados que brindaban las mujeres y de cómo estas maximizaban los recursos; como utilizaron los pequeños huesos de los animales para la confección de prendas y su investigación de  plantas para usos medicinales.

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Durante el periodo pre feudal del siglo V al IX la mujer alcanzo un alto grado de influencia en Europa. Se desempeñaron como jefas militares, juezas e incluso llegó a controlar al papado (Pazos, 1989). Hablamos de cuatro siglos en los cuales el hombre no mitigó el poder y las capacidades de las mujeres para la toma de decisiones y el manejo político-económico de su entorno.

Sin embargo el patriarcado se encargó de vendernos la idea romántica de la damisela en peligro, las princesas en castillos en la espera de casarse (muchas veces a la fuerza o por convenio político) como un modelo aspiracional despojando a la mujer de su fuerza y su valor intrínseco.

Se atrevió incluso a despreciar a la mujer campesina por no ser más que un instrumento comparable a una escoba o una lavadora. Nacer, vivir y morir en el mismo lugar era el destino de las mujeres pertenecientes a los bajos estratos de la sociedad.

Pocas son las novelas épicas de mujeres que labraron sus tierras y comerciaron sus cosechas, de guerreras que enfundaban sus espadas y defendían su nación, sin embargo, abundan las de la eterna esperanza de ser encontrada por un hombre y salvarse así de su destino. 

Comprender y analizar la historia es un ejercicio de empoderamiento; rescatemos el protagonismo que les fue robado a todas las mujeres; a las que escribieron libros bajo seudónimos masculinos como María Lejarraga (conocida como Fernán Caballero) o de las que cumplieron sus sueños vestidas con pantalones como Margaret Anna Bulkley (conocida como James Miranda Stuart Barry) cirujano del ejército británico.

Emprendamos la reconstrucción de nuestra historia con perspectiva de género, somos agentes de cambio, hemos estado desde el principio y seguiremos aquí.

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