“La belleza no depende del maquillaje ni de la talla, se alcanza con la madurez”

Tengo 50 años, sigo defendiendo mi soltería como se defiende una patria, y muy consciente de que nunca me iba a arrepentir, decidí no tener hijos. Pero nunca he renunciado a tener una pareja.

A raíz de una conversación que escuché recientemente, me he estado preguntado: eso de que los cincuenta son los nuevos treintas, ¿será el consuelo de las que ya llegamos al quinto piso?

No los aburriré describiendo todas las cualidades que adornan a las mujeres de mi edad. Ya lo descubrirán, chicas, cuando lleguen o cuando se animen, chicos, a salir con una. El tema no es ese. Se trata de algo más visible e inmediato…

“Una mujer que pasa de los 50, ya no debe salir sin maquillaje, nuestra cara ya no aguanta ir así por la vida…” palabras más, palabras menos, ese simple comentario hizo que mis cinco décadas y toda mi naturalidad, se me vinieran encima como un piano que cae desde el quinto piso.

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Después de un tiempo de dedicarme a la asesoría de imagen personal, de años trabajando en el mundo de la belleza y de dar clases de maquillaje, biotipos, estilos de vestir, tipos de cuerpos y paletas de color, creí que había logrado amigarme con mi estilo natural y sobre todo, aceptar que estaba envejeciendo. Ese día, francamente lo dudé.

No se trata de competir con jovencitas de veintitantos por el título de la más deseada. Amigas cincuentañeras, mala noticia: llevamos todas las de perder.

Uno de los consejos más importantes que doy a mis clientas es ACEPTA TU EDAD. Y no, no es fácil… envejecer con elegancia es relativo. Pero será posible en la medida que aceptemos lo inevitable.

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“¿Quién decidió que el cuerpo fuera visible y el alma invisible?”

pregunta Margo Glanz en su libro “Saña”. ¿Es verdad que lo externo es reflejo de lo interno?

Por eso, en un acto de desparpajada valentía y arrojo de seguridad en mí misma

-la autoconfianza viene del autoconocimiento, pienso- decidí publicar una foto en mis redes sociales donde estoy recién levantada, sin maquillaje, con el cabello alborotado y mi voluptuosa femineidad sin ataduras. Desnuda, apenas cubierta con una sábana.

El caballero que tomó la foto estaba en la primera mitad de sus treintas, la edad en que los hombres son endemoniadamente atractivos. ¿Qué veía él en mí? Lo mismo que yo veo ahora: una mujer hermosa, sexy, satisfecha en todos los sentidos… una mujer absolutamente feliz.

Los comentarios tanto de mujeres de diversas edades como de mis amigos varones, fueron tan alentadores que puede superar fácilmente mi breve paso por la inseguridad.

Tengo cincuenta años, ya no uso minifaldas tan cortas ni me tiño el cabello de colores; no porque una mujer madura no deba hacerlo, sino porque ya no tengo que esforzarme tanto para llamar la atención.

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Hoy confirmo que la belleza no depende del maquillaje, de la talla, de la juventud de los novios o de nuestros años. A los veinte todas somos bonitas; pero la verdadera belleza, amigas, se alcanza con la madurez.

One Comment

  1. Avatar
    Alvaro López

    Muy buen articulo que va mas alla de lo superficial y de lo tanto dicho, felicidades

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