Hoy votamos, antes no. Una vuelta al pasado de lucha sufragista en México.

El pasado 3 de julio recordamos, en México, aquel momento histórico en el que las mujeres de por allá de los años cincuenta, pudieron emitir su voto por primera vez a nivel federal. Sin embargo, las peticiones de las sufragistas se venían labrando desde el siglo XIX, cuando en 1824, las zacatecanas, a través de una carta, pidieron el derecho al voto. Lamentablemente su petición fue tomada en cuenta muchísimos años después. Fue en 1947 cuando las mujeres, al fin, pudieron ser partícipes en elecciones municipales, siendo excluidas de la política nacional por ser consideradas poco aptas para ejercer tal responsabilidad. En 1953 se reformó la constitución a favor del voto femenino, siendo México, uno de los últimos países de habla hispana en conseguirlo.

Los movimientos feministas del pasado lucharon principalmente por tres cosas: educación, derechos laborales y sufragio. La educación era relevante para que las mujeres despertaran y se replantearan sus roles establecidos. Benito Juárez impulsó la Escuela Secundaria para Señoritas en 1867, después, en 1875, con Sebastián Lerdo de Tejada en el poder, se introdujo en la ya mencionada institución la enseñanza en pedagogía, transformándose en una escuela normal. Durante el porfiriato se creó la Escuela Normal para Profesoras. Y es necesario recalcar que las normalistas tuvieron un gran peso en la pugna sufragista, pues estaban en contra de la dictadura de Díaz, lo que las llevó a adentrarse en clubes de oposición, formando incluso uno propio de admiradoras de Juárez.

El periodismo también fue una herramienta clave para que las demandas de las mujeres fueran escuchadas. El primer periódico con temática meramente feminista fue LAS MUJERES DE ANÁHUAC, a la par de la revista VIOLETAS DE ANÁHUAC (1887), organizados por Laureana Wright González. Pocos años después surgió el semanario VÉSPER (1901), por la anarquista Juana Martínez de Mendoza; LA MUJER MODERNA (1915) fue otro semanario importante, fundado por Hermila Galindo. Las mujeres también fueron partícipes activas dentro del magonismo, apoyaron a Madero e hicieron acto de presencia en la Huelga de Cananea (1906) y en Río Blanco (1907). La historiadora Patricia Galeana, menciona en el libro La revolución de las mujeres en México:

“La Revolución maderista logró derrocar al dictador, pero Madero fracasó en su intento conciliador y no pudo consolidar el nuevo orden democrático. Los militares del antiguo régimen organizaron la contrarrevolución y ultimaron al Presidente. Posteriormente, la Revolución constitucionalista triunfó sobre el gobierno usurpador de Huerta. Sin embargo, la caja de Pandora se había abierto y las fuerzas reprimidas durante la dictadura pululaban por doquier. Los revolucionarios, con distintos programas para resolver las demandas del pueblo en este proceso, se enfrentaron en la lucha por el poder. Se enfrascaron en una nueva guerra, hasta que los constitucionalistas vencieron a los convencionistas: villistas y zapatistas.”

La Revolución mexicana en realidad fue doble para las mujeres, pues ellas debían encabezar también su propia lucha que hasta entonces había sido sumamente criticada y hasta ignorada. Las intervenciones de las sufragistas en diferentes movimientos eran necesarias para que sus exigencias pudiesen llegar a niveles más altos. Sucedió entonces el Primer Congreso Feminista en México (enero, 1916) —siendo el segundo congreso en América latina, pues el primero se había dado en Buenos Aires, Argentina, en 1910—, organizado por el gobernador de Yucatán Salvador Alvarado, quien era consciente de lo importantes que eran las mujeres. Fueron un aproximado de 609 asistentes, en su mayoría, maestras normalistas. Los principales temas a tratar fueron educación, derechos laborales y sufragio; sin embargo, Hermila Galindo, periodista, secretaria personal de Venustiano Carranza y profesora, impactó y hasta incomodó con su ponencia La mujer en el porvenir, en la que trató la educación sexual. Habló también sobre lo necesaria que era la formación académica y lo innecesaria que era la mojigatería católica, a pesar de que ella era creyente de Dios:

En la actualidad se procura en la mujer el desarrollo de lo que se llama vida del corazón y del alma, mientras se descuida y omite el desarrollo de su razón. El resultado es una hipertrofia de vida intelectual y espiritual y es más accesible a todas las creencias religiosas; su cabeza ofrece un terreno fecundo a todas las charlatanerías religiosas y de otro género y es material dispuesta para todas las reacciones.”

Hermila fue severamente criticada, incluso otras mujeres trataron de frenar su ponencia, pero ella se mantuvo firme hasta el final. Días después se defendería de las críticas en su semanario LA MUJER MODERNA. En el Segundo Congreso Feminista Galindo también lucharía con su ponencia, aunque ella no fuera personalmente. En aquel evento fue denegada la oportunidad para que las mujeres fueran electas para ejercer cargos públicos. Una de las feministas radicales que allí se encontraban, Elvia Carrillo Puerto se hallaba bastante inconforme ante esta negativa. La socióloga Diana Selene de Dios Vallejo dice que “las sufragistas mexicanas preferían incorporarse al Partido Socialista del Sureste. La premisa de que las mujeres podían ocupar puestos políticos al igual que los hombres formó parte del programa de gobierno de Felipe Carrillo Puerto; y fue así como en 1922, la profesora Rosa Torres G. fue electa presidenta municipal de Mérida. En 1923, durante las elecciones a las legislaturas locales, el Partido Socialista propuso a tres mujeres como candidatas a diputadas y una como suplente. Elvia Carrillo Puerto aceptó figurar como candidata a diputada por el distrito de Motul. La victoria fue efímera, ya que al perder Carrillo Puerto el control político, las mujeres fueron destituidas y durante el resto de la década no volvió a hacerse referencia a su inclusión en la política.”

En 1919, Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, Elvia Carrillo Puerto, María de Refugio García, Elena Torres y Evelyn Troy fundarían el Consejo Nacional de Mujeres, organización encaminada a la emancipación social, económica y por supuesto, política. Era necesario continuar con la implantación de justicia a favor de las mujeres y del papel que hasta entonces se les había otorgado, que minimizaba sus capacidades para ejercer otras funciones y libertades. En lo económico se buscaba un sueldo equitativo y equivalente al trabajo realizado. En el campo social, eran necesarias asociaciones obreras, abolir la prostitución, un sistema de salud adecuado y la fundación de guarderías infantiles para las mujeres que laboraban fuera del hogar. En cuestiones políticas, se continuaba exigiendo el derecho al voto y la oportunidad de abrirles las puertas a mujeres en elecciones populares.

En 1923 continuaban emergiendo del feminismo organizaciones comprometidas con la necesaria tarea de enfocarse, cada vez con más atención y más firmeza, en la problemática que el mismo sistema imponía a la figura de la mujer. Nacieron entonces el Consejo Feminista Mexicano y la Unión de Mujeres Mexicanas, ambas, encaminadas hacia la búsqueda de derechos políticos.

En San Luis Potosí (1923), Chiapas (1925) y Tabasco (1925) legisladores votaron a favor del derecho al voto femenino. Sin embargo las reformas tabasqueñas y potosinas serían invalidadas poco tiempo después, caso contrario con el de Chiapas, que se mantuvo vigente gracias a su Gobernador César Córdoba. Siendo dicho estado, en único de la República que permitió desde aquel año que las mujeres pudiesen participar en elecciones electorales.

Las activistas más activas e impetuosas que abogaron por los derechos políticos de las mujeres en tiempos revolucionarios fueron Hermila Galindo y Elvia Carrillo Puerto. Ambas participaron en los dos Congresos Feministas y posterior a ellos, continuaron con sus peticiones que eran omitidas con pretextos conservadores absurdos. El sufragio feminista tuvo que esperar hasta 1938, cuando fuera aprobada la Reforma en los artículos 38 y 115. Pero nuevamente la decepción vendría, pues nunca se llegó a publicar debidamente y por ende, nunca entró en vigor, y la mitad de la población otra vez se quedaría sin derechos ciudadanos, porque, a pesar de que Lázaro Cárdenas promoviera esta modificación política, se terminaría echando para atrás por el temor de que las mujeres emitieran “mal” su voto y se lo otorgaran a su opositor Juan Andreu Almazán, que competía por la presidencia con Manuel Ávila Camacho. Esto significaba un riesgo para el régimen, temiendo por algo similar a lo ocurrido en España en 1933, cuando las mujeres al emitir su voto, terminaron por darle el triunfo a un candidato conservador. Al culminar el cardenismo la prensa, hecha por mujeres, externaba la decepción y el rotundo fracaso de los derechos civiles en México.

Ya entrados los años cuarenta, las mujeres continuaron en pie, pero ya en menor medida, escasos grupos organizados se mantuvieron vigentes —uno de ellos fue El Bloque de Mujeres Revolucionarias—, continuaron movilizaciones que repetían las demandas, siendo estas insuficientes para modificar la Legislación. A mediados de la década, el candidato a la presidencia del país, Miguel Alemán, integró a las mujeres dentro de sus discursos, argumentando lo necesario que era introducirlas en la vida pública para lograr el progreso que se pretendía labrar. Al ganar las elecciones, Alemán cumplió su promesa, y para el 17 de febrero de 1947, se hacía pública la modificación del artículo 115, donde por fin se les permitió a las mujeres votar a nivel municipal. Pese a esto, las feministas radicales continuaron la pugna por la modificación del artículo 34 constitucional, exigiendo el sufragio a nivel federal. La organización Alianza Nacional Femenina se reunió con el presidente para poner el tema sobre la mesa, quedándose ahí, sin causar mayor resonancia.

En los cincuenta el sufragio latió con mayor fuerza que la década anterior, surgieron entonces dos grupos importantes que estaban fuertemente enfocados a este fin (voto): uno fue encabezado por la directora de Acción Femenil del PRI, Margarita García Flores, que redactó una petición al entonces candidato a la presidencia Adolfo Ruiz Cortines. Amalia Castillo Ledón, que para entonces era presidenta de la Comisión Interamericana de Mujeres, se reunió con él, para hablar el mismo fin. Ya como Presidente de México, Cortines lanzó una iniciativa al Congreso a favor de las ciudadanas, y a pesar de que los panistas pusieran topes y baches para que esto no fuera posible (pues no querían que el PRI se llevara el mérito de darles la ciudadanía a nuestras antepasadas), la petición fue aceptada y en octubre de 1953, las mujeres supieron, a través del DIARIO OFICIAL, que después de tantos años de lucha y demandas, ya podían votar y ser votadas. Seguramente ante este hecho tan relevante para nosotras, las mexicanas de aquellos años se llenaron de júbilo democrático que fue llevado a las urnas el 3 de julio de 1955.

La contienda política de las feministas mexicanas se hizo larga, agotadora y estuvo marcada, por la sociedad apática, por una enorme predisposición a darle nula importancia a sus exigencias. Claro está que todas esas compañeras perseverantes de ese pasado que hoy es un presente para nosotras, no se quedaron cruzadas de brazos y lo que en algún momento fuera una solicitud justa y necesaria, pero también a veces hasta ilusoria, se convirtió en una realidad que hoy tiene que ser de conocimiento obligatorio para nosotras. La historia no solo la escriben los hombres, nuestra historia está hecha por mujeres que en sus tiempos pugnaron por una democracia justa y, por esa razón, nos corresponde a nosotras recordar esas palabras que hoy son también nuestra voz.

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