El asunto es que me siento sola, pero NO de amor ¡sola de fuego!

No tiene mucho de nuevo, ni mucho de bueno. Y yo no soy la mujer que los hombres comunes buscan. El meollo del asunto es que me siento sola. Pero no sola de amor. Más bien: sola de fuego.

Alguna vez, en mi mente joven, cuando aún era una mujer inocente que creía que las brasas se comparten con pocos, con los más importantes, aborrecí la idea de convertirme en lo que hoy me he convertido: un animal.

Sin embargo, pasé toda la vida cazando cual depredador. La única diferencia es que yo cazaba presas débiles y suaves, para construir en ellas pequeños refugios en los que mi soledad no fuera tan pesada y densa, aún a sabiendas de que esos cadáveres se pudrirían sobre mí y me inundarían de pestilencia y mugre.

Sexy, Retrato, Sentimientos, Sensualidad

Sin darme cuenta, pasé mi época de conquistas siendo poco más que un triste carroñero, para luego construir hogares de carne y huesos que, con los años, se caían putrefactos a jirones sobre mis sábanas.

Esta vez soy un animal más consciente de sus habilidades de caza, y las utilizo. Y después de tantos años de buscar alcanzar el estatus de buena mujer, me he convertido en una de las mujeres de Bukowski. Atrayendo ineptos a punta de mis medias negras. Alimentándome de la carne viva de un par de idiotas hasta la saciedad, llevándome siempre más de lo que dejo.

Y entonces, hago consciencia de la venganza discreta que cometo. Del golpe bajo que arremeto. ¿Cuántos animales no se habían alimentado de mí? Tantos, que ahora parece justo dejar que otros me ardan dentro hasta que se mueren. Y me consuelo pensando que por lo menos, entre mis piernas su muerte habrá sido la más bella. Pero me equivoco.

No sé si me gusta esto en lo que me convierto. No sé si las guaridas temporales de piel son lo que realmente deseo. Pero la soledad es fría y yo necesito calor, y soy clara con mis intenciones cual caballero sin casta, que se acerca a pedir lo que desea y únicamente lo que desea, sin pretensión de enamorar, y aún así, enamoro. Y me enamoro yo; por momentos.

Mujer, Modelo, Niña, Blanco Y Negro

Lo que me lleva a pensar en la fragilidad del corazón humano, y en el temor del hombre a sentir con el alma lo que les roza la carne. ¿Por qué les resulta tan difícil? ¿Por qué debe ser tan duro compartir amor honesto a ratos, sin tener que poseer al otro por el resto del tiempo?

Yo amo a cada hombre con el que comparto un tramo de almohada y más de medio colchón. Lo siento en mi alma vibrando en cada caricia, cada beso, cada instante compartido. Y en cuanto estoy lo suficientemente lejos, la sensación se va. Se pierde en el horizonte como silueta difusa. Dejo ser. Dejo ir. Pero los hombres siempre vuelven a mí, como perros que se engríen con la caricia de un transeúnte que les dedica dos minutos de un paseo. Mientras yo me alejo, como felino que se atiborra de caricias, huyendo del empalago de las pieles cuando ya no me hace falta más amor.

Soy culpable. Pero no del dolor de aquellos que no comprenden mi petición asertiva de compartir sólo tardes o noches, sino de mi propia incapacidad de desear algo más. De alcanzar el antiguo anhelo de llegar a ser una mujer en vestido de domingo, acompañada de un buen sujeto en traje de lino, dispuesto a todo con tal de crecer conmigo. De volar conmigo.

Me he vuelto propensa a acabar (y acabar) en las camas de los trágicos. De los poetas dementes y los músicos de corazón desahuciado. De esos hombres que siempre fueron mi predisposición selecta y prohibida, con los que alguna vez quise llegar a la cima del universo codo a codo, y no pude.

Me he dejado caer en la espiral del terror, resignada a que no existe mortal sobre la faz de este planeta hostil que soporte el ardor de mi llama por más de un par de amaneceres.

Y a estas alturas, a decir verdad, pareciera que está más que bien.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
¿Necesitas ayuda?
Hola
¿Podemos ayudarte?
Powered by