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Quién fue Lola Mora: una mirada sobre la controvertida escultora argentina.

De Dolores Candelaria Mora Vega no sabemos con certeza ni el lugar ni la fecha de nacimiento, aunque se estima que fue en el año 1866 en la provincia de Tucumán, Argentina. Pero de lo que sí estamos seguras, es de que fue una de las escultoras argentinas mas destacadas, no sólo por la calidad y el carácter único de sus obras, sino también por su tenacidad.

Lola Mora fue la tercera de siete hermanxs, y pasó su infancia en la ciudad de San Miguel de Tucumán. A los dieciocho años fallecieron sus padres, por lo que quedó a cargo de un familiar. Fue dos años más tarde cuando comenzó a tomar clases de dibujo y pintura con el artista italiano Santiago Falcucci, absorbiendo una fuerte estética propia del romanticismo italiano y el neoclasicismo. Más tarde, emprendió la tarea de realizar retratos por encargo para la alta sociedad de la región, y se asentó como artista de renombre en 1894 con una colección de veinte retratos de los gobernadores tucumanos, que llevó a cabo para la celebración del Día de la Independencia. Se ha dicho de este trabajo que “Es la obra quizás de más aliento de cuantas se han llevado a la exposición”, haciendo alusión al detalle y la sutileza de su trazo. Dio comienzo con ello a un período de prosperidad para su obra.

Al año siguiente, decidió trasladarse a la ciudad de Buenos Aires, donde solicitó una beca para perfeccionar sus estudios en Europa. Con éxito, consiguió instalarse en Roma en el año 1897, y se aventuró a estudiar con el pintor Francesco Paolo Michetti, y con el artista Giulio Monteverde, quien la animó a explorar la escultura, técnica a la cual se volcó por completo a partir de ese momento.

Pronto consiguió hacerse de un lugar en la escena europea, resultó premiada con medalla de oro en la Exposición de Paris, y regresó a La Argentina en el año 1900, con el encargo de una de sus obras más controversiales y representativas hasta el día de hoy. Se trata de la Fuente Las Neréidas. Este conjunto de esculturas representaba el nacimiento de Venus, quien se alza en el centro y es sostenida por dos ninfas también desnudas, con colas de pez, que a su vez están rodeadas por elementos y caractéres mitológicos. La obra fue un encargo del intendente de la ciudad de Buenos Aires, y debía ser emplazada originalmente en la Plaza de Mayo, ubicación que fue finalmente modificada, debido a la temática de la obra y su cercanía con la Catedral Metropolitana. Tras su inauguración en 1903, estas esculturas fueron blanco de duras críticas por parte de la sociedad conservadora, que las catalogaba de “libidinosas” y “provocadoras”. Ante las repercusiones extendidas, la artista supo responder: “Cada uno ve en una obra de arte lo que de antemano está en su espíritu; el ángel o el demonio están siempre combatiendo en la mirada del hombre. Yo no he cruzado el océano con el objeto de ofender el pudor de mi pueblo; (…) Lamento profundamente lo que está ocurriendo, pero no advierto en estas expresiones de repudio la voz pura y noble de este pueblo”. De esta manera, manifestaba la profunda tristeza que le generaba que algunos sectores de la sociedad no pudieran apreciar el placer estético y la arquitectura de su obra, y se apoyaran en cambio en el concepto de impureza, anteponiendo así un abordaje desacertadamente moralista.

Fuente de las Neréidas.

No obstante, continuó recibiendo numerosos encargos, entre ellos una serie de bustos de importantes personalidades de la política, sobrerrelieves, y también las nuevas estatuas que decorarían el Congreso de la Nación.

El escándalo volvió a hacerse presente con el emplazamiento de la “Alegoría de la Independencia”. Esta obra, con reminiscencias de la Victoria de Samotracia de la antigua Grecia, que representaba a una mujer con el torso semi desnudo, caminando victoriosa luego de romper sus cadenas, puso sobre todo en foco la evocación de una figura femenina independiente y llena de valor, que llegaba para ocupar un espacio, tanto individual como colectivo, mucho mayor al que la sociedad de antaño estaba dispuesto a darle. Se disputó también si debía mirar en dirección al naciente o al poniente, y contra toda crítica, su personalidad obstinada determinó que miraría al oeste, pues “La libertad, cual astro de la moral y la civilización de los pueblos, debe nacer con el Sol y, como el que nace, jamás lleva los ojos hacia atrás, mira por tanto al infinito”.

Alegoría de la Independencia.

Sus años de mayor auge transcurrieron entre Buenos Aires y Roma, donde se encontraba su atelier. Finalmente, en el año 1932 y ya en el ocaso de su carrera artística, retornó definitivamente a Buenos Aires, donde vivió hasta la fecha de su muerte, en 1936.

A lo largo de su trayectoria, Lola Mora supo abrirse paso con una obra de notable calidad aunque en ocasiones desestimada por su estética renacentista. En una época donde la mujer ocupaba un lugar meramente prudente y relegado, sus esculturas fueron frecuentemente tildadas de obscenas e inaporpiadas, pasando por alto el espíritu de libertad, empoderamiento y belleza que proponía la artista.

Se le han rendido diversos homenajes, entre ellos la instauración del Día Nacional del Escultor y de las Artes Plásticas, celebrado en Argentina el 17 de Noviembre, y la creación de los Premios Lola Mora, otorgados por la Dirección General de la Mujer, a los medios de comunicación que promuevan los derechos de las mujeres, la igualdad de oportunidades y que rompan con los estereotipos de género.

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